Sunday, May 16, 2010

El Anatema de Laura aunque la historia no se trate de Laura, pero rima en este título que es sobre un anatema, pero no de ella.

Si las escenas de las películas salen mal en el momento de la filmación, se repiten hasta que queden bien; pero si las escenas se repitieran tantas veces que nunca se pudiera avanzar en la filmación sería un desastre económico y una total pérdida de tiempo y de esfuerzos para el director, los productores, los actores y toda la gente involucrada en la producción.

Esa pareciera ser la historia de mi vida. La repetición eterna de una escena que he vivido millones de veces y que no quisiera que avanzáramos hacia un final feliz.

9:45 a.m. desayuno. Él me ha dicho: - si quiere desayuno ahí está. Yo me he levantado de mi cama nuevamente decepcionado, triste, anhelando la muerte como lo he hecho estos días. Me siento metido en una cámara hiperbárica; asfixiado, ahogado, con mis venas hinchadas tratando de recibir la última porción de oxígeno para no morir asfixiado en un cilindro de hierro indestructible. Claustrofobia total. Me dirijo a la cocina. Huevos revueltos, melón, una bolsa de pan, un pocillo, miro. Qué bien servido, como siempre, pero que fastidiosa situación, como siempre.

El pocillo está vacío. Él está preparando chocolate caliente. Yo solo miro la olla. No quiero mirarlo a él. En el radio de la cocina suena Carlos Vives. “Ay corazón mira bien …tarararaaa… cosas del querer” , él canta y baila y yo trato de llevar mi mirada a un punto fijo en el infinito para no verlo en su sarcástica y falsa felicidad. No me habla y le molesta esta situación vomitiva tanto como a mí; pero aún así canta canciones del corazón.

El chocolate está listo. Me sirve primero a mí. Casi lleno. Se sirve él mismo. Tres cuartos de pocillo. Deja la olla en la estufa (esa palabra nunca me ha gustado…estufa…sí, fea) se sienta y comenzamos a comer como si estuviera él solo y yo fuera un fantasma o como si yo estuviera solo y él perteneciera a otra dimensión. No nos vemos, no nos sentimos, no existimos, pero Carlos Vives sigue cantando ahora alguna canción dedicada a un amigo llamado Gustavo nosequémierdas y yo pienso que la escena está completa con un detestable vallenato.

Terminamos el desayuno. El se levanta, toma toda la loza suya y mía que está vacía y que ha quedado sucia y se dispone a lavarla. A mí solo me queda el chocolate caliente que he probado y me ha sabido horrible. He intentado tomármelo mojándolo en pan, pero sale tan clarito el pan, sin color a chocolate, que renuncio al experimento. Odio la leche y este no ha tenido suficiente chocolate para que sepa a chocolate y no a leche y yo solo miro como las natas oscuras de chocolate se van asentando sobre el chocolate caliente. El lava de espaldas a mí. Yo me entretengo jugando con el alambre que cierra la bolsa de pan. Es blanco y hago un semicírculo que al ponerlo sobre el mesón de granito negro brillante forma un corazón y yo pienso que así es mi vida. Tratando de armar un corazón con un reflejo de algo que no existe en la realidad. Sigo los giros y dobleces del alambre (el de la vida real) hasta que me sumerjo en los giros y dobleces del alambre del reflejo. Se ve bonito. Lástima no tener una cámara para tomarle una foto a mi obra de arte efímera. Hasta de pronto me la publicarían en la Tate Modern y muchos fotógrafos me sacarían fotos y muchos periodistas me harían preguntas sobre cómo llegué a esta obra y yo respondería estupideces inteligentes como “mirando el devenir de la vida” ó “haciendo un anatema de las relaciones sentimentales del siglo XXI” o no sé qué otra culada así.

Paréntesis: no sé qué carajos significaba anatema, pero cuando estaba escribiendo esto, me sonó bonito y lo busqué en Google. Esto me salió en wikipedia:

Anatema (del latín anathema, y éste del griego Ανάθεμα) significa etimológicamente ofrenda, pero su uso principal equivale al de maldición, en el sentido de condena a ser apartado o separado, cortado como se amputa un miembro, de una comunidad de creyentes.

Era una sentencia mediante la cual se expulsaba a un hereje del seno de la sociedad religiosa; era pena aún más grave que la excomunión. Su significado originalmente procede del griego, como una "ofrenda" a los dioses; posteriormente vino a significar:

  • Estar formalmente separado,
  • desterrado, exiliado, incomunicado o
  • innominado, a veces malinterpretado con el significado de maldito.”

Qué interesante definición. Y por qué se me vendría a la mente esta palabra que no conocía? ¿Dios, eres tú? No tengo respuesta. Desarmo mi obra de arte para cerrar el pan y sigo esperando que él salga de la cocina para tirar el chocolate. Él ha terminado de lavar, secar y acomodar los platos (cuando yo los lavo, no los seco, solo los dejo en el escurridor que se sequen solos y después los guardo). Él lo hace como una lección indirecta de lo que debo hacer.

- Mire: los platos se lavan, se secan y se guardan, ¿entendió?

- Ajajajaja, ¡guau!- bato la cola como un perrito aprendiendo.

Terminó. Salió de la cocina y yo me quedó ahí con el chocolate feo. Me paro. Voy al baño, me encierro y lo boto por el inodoro (otra palabra fea, además, ¿por qué inodoro si cuando uno caga termina oliendo inmundo?) El hecho es que espero unos segundos para que el olor del chocolate derramado no me delate. Salgo. Y él ha puesto ahora a Paloma San Basilio y habla por teléfono con algún amigo me imagino porque le pregunta cosas de amigo y pone ese tono vulgar-falso de amigo como el que usa cuando habla con sus amigos.

No me lo aguanto. Me gustaría tirármele con un picahielo y sacarle los ojos. Grita maldito, grita, cobarde! Pero solo suspiro y continúo escribiendo. ¡Me he vuelto tan cobarde, tan estúpido, tan insignificante a su lado! Todos me lo han dicho, pero nadie vive mi vida por mi. Deberían. Me ayudarían mucho. Que me acostara a dormir y alguien me suplantara, le dijera las verdades racionales que mi cerebro sabe, pero que mi estúpido corazón disimula, lo echaría lejos, a patadas como un perro sarnoso, insignificante, estúpido, malparido, y a la mañana siguiente cuando yo me despertara, pajaritos en la ventana, un sol con una carita feliz asomándose tímidamente entre una nubecita blanca de algodón en medio de un cielo azul rey y yo, radiante, feliz, perfecto.

¡Qué mierda es la realidad! El continúa hablando por teléfono con alguien, como diciendo: soy perfecto, soy seguro, tengo amigos, no te necesito, cuando sé que él es un miserable dependiente de mí tanto como yo de él.

Colgó. Y Paloma San Basilio se calló al fin, pero ahora suena una zarzuela y el canta destemplado como loco desde su cuarto. ¡Qué marica! Pienso. “lararararaaaaaaaaa tin tin tiiiiiin chun pirunpirunpin chuuuun…como te sentiriáis sobre mi caballo que es aura y señora como os sentiréis sobre miiii personaaaaa y las delicias de mi soledad…” no la entiendo mucho porque el señor que grita que debe ser un famoso como Plácido Domingo o alguien así no entona. ¡¡¡Nunca he entendido por qué la gente disfruta tanto de la ópera si no se les entiende nada!!! Creo que es una actitud arribista que viene de siglos atrás y en donde la gente pobre, que nunca tuvo acceso a la ópera de los reinos, va hoy en día a teatros, después de que la revolución industrial los convirtiera en pequeños burgueses que les permite comprar una boleta, la más barata, con descuento de la tarjeta de suscriptores de algún supermercado, para ponerse, el día de la obra, una bonita bufanda, comprada en ese mismo supermercado, junto con sus mejores galas y asistir al evento cubiertos en un halo de “oh! Qué culto soy, mírenme! Así no entiendan ni mierda, como yo mientras oigo a este señor enredado cantando y seguido muy de cerca de él, que canta como los dioses, del Haberno y generan un dueto infernal que me hace dar ganas de tirarme por una ventana.

Odio a Carlos Vives, odio a Paloma San Basilio, odio al señor de la zarzuela. Lo odio a él. Pero así como los odio, los tarareo porque los he escuchado tantas veces en esta escena repetitiva que ya me los sé pues mi vida se repite cada mañana ó día por medio ó semana de por medio y siempre regreso a este punto muerto en el que estoy en este momento y del que me pregunto si saldré alguna vez. Como una escena maldita de alguna película grabada para la Dimensión Desconocida en donde gigantes invisibles juegan con nosotros como títeres de plástico desgraciados a los cuales les toca seguir en la rueda de la fortuna girando eternamente sin descanso, sin remedio, sin vida.

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