Prostituta Vampiro
426 años 1,75 Blanca Ojos azules Pelo largo Nariz perfilada
Yo recorro las calles de Buenos Aires desde 1930, cuando llegué en un barco, huyendo del poderío nazi que sumergía a Europa en una oleada antisemita y que había hecho que los clientes que conseguía en las calles de Munich escasearan. Yo me alimento de sangre, pero necesito dinero para vivir así que me prostituyo desde 1846, cuando gasté los últimos peniques que tenía fruto de la herencia que me había dejado Steve Willcot, un rico comerciante inglés de Yorcestershire, que me dejó una fortuna, a cambio de su mortalidad y mi cuerpo, al cual yo, en un momento de interesado maternalismo acepté convirtiéndome en Mrs. Willcot, una dama de alta sociedad con gustos góticos.
Junto a Steve viví momentos inolvidables. El disfrutaba de mi cuerpo y yo de su dinero y de sus empleados, que él traía a casa para que yo devorara gota a gota. Mmm, como olvidar el sabor de la sangre en Yorcestershire…
Años después, Steve murió y la comunidad, enardecida por años de alimentarme, me expulsó de la campiña; así fue como emigré a Madrid, luego a Berlín y finalmente a Munich, en donde, a falta de dinero, ejercí la prostitución como única fuente de ingreso.
Fueron años felices. Yo recorría las calles de Munich en busca de hombres sedientos del amor de una mujer y que estaban dispuestos a que yo les diera una pequeña mordidita y les cobrara una ínfima cantidad a cambio de mi cuerpo.
Hasta que los nazis llegaron. Con tan mala suerte que me encontraron justo en el momento en que le hacia una apasionada fellatio a un cliente judío y me enviaron al guetto de Dummheit a las afueras de Munich, de donde pude escapar, no sin antes aprovisionarme de alimento, devorando a dos guardias y un oficial que esperaban ansiosos el tren que se desharía de nosotros en alguna cámara de gas.
Finalmente, y tras seducir a Wolfgang, el director de la oficina de permisos de salida de Alemania, logré tomar un barco procedente de Bremerhaven y que se dirigía a Buenos Aires, la capital de un país suramericano que había crecido en población europea y que ofrecía condiciones aceptables de vida.
En el barco, intenté portarme bien sólo alimentándome de algunos de los animales que llevaban en bodega por miedo a que fuera descubierta y me arrojaran al mar. Es cierto que los vampiros podemos volar tras tomar forma de murciélago, pero estaba a cientos de kilómetros de tierra firme y no quería exponerme a una muerte ahogada, por inanición y mucho menos incinerada por la luz del sol.
Luego de 63 días de viaje interminable, arribamos al puerto de Buenos Aires, una ciudad que crecía entre el bullicio suramericano y la inmigración europea a la cual yo pertenecía y que llegaba entre una maraña de aristócratas, obreros, sastres, artistas y prostitutas que huían de la hecatombe nacional socialista.
Luego de instalarme en un pequeño conventillo de la calle San Martin, que recordaba a un prócer patrio, lloré a mares por verme abandonada en el último rincón del mundo, sola, pobre, sin amigos, sin apoyo otro que el de mi leyenda personal que hacía que ingiriera varios litros de sangre por día para mantenerme bien en una vida que deseaba, hacía más de dos siglos, que acabara.
Un año sin amor
13 years ago
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