Monday, May 25, 2009

Pomelito

Alberto. 47 años.
Arenales y Suipacha.
Abogado en ejercicio de la profesión. Catedrático.
Lo conocí a través de la página de osos de Buenos Aires. Atravesé raudo y veloz las 6 cuadras que me separaban de Pomelito que era su nick. Seis cuadras en las que intenté recordar todas las posiciones del Kama Sutra ilustrado que una vez encontré en el mercado de las pulgas. Alberto me esperaba en su piso completo. Tendría vista sobre la 9 de Julio?
toco el citófono. Hola, soy yo, ya bajo. (esta es mi ultima oportunidad de salir corriendo y no ver a Pomelito, lo borro de mi Messenger, lo borro de la página de osos y listo, no ha pasado nada) veo a través de la puerta de vidrio los numeritos del ascensor descendiendo; 10, 9, 8...4...(corre, vete, nadie va a decir nada) tin...se abre la puerta del ascensor y alcanzo a revisar cómo estoy parado, no vaya y piense que soy un fácil por haber aceptado su invitación a lamerme el horto y coger a la primera; trato de poner cara de serio, pero no amargado, más bien del tipo buena gente. Abre la puerta...Pomelito? sonrío estupidamente, hola querido, contesta y me saluda con un beso.

En el camino al ascensor lo escudriño; es gordo, canoso, viejo, feo, huele mal y tiene cara de depravado junkie. Abre el ascensor, entramos, cierra la puerta y marca el 10. Una vez comenzamos a subir, se me abalanza y comienza a besarme embadurnándome con una baba asquerosa y repulsiiva. (Pomelito puerco, pienso). Esquivo su boca y le ofrezco mi cuello indefenso para que lo lama, lo chupe y lo babosee todo (tendré que bañarme apenas llegue a casa, pienso).

Aleluya, llegamos! no más babas por 2 minutos. Seguí dice. Sigo, actúo. Miro alrededor y veo un apartamento completamente sucio, pero lleno de libros y obras de arte. me acerco a la ventana, si tiene vista a la nueve de julio. Querés tomar algo, me dice? Gaseosa de Pomelo, respondo.

Una vez acomodados en el living, Pomelito se abalanza nuevamente sobre mi y comienza a besarme, a tocarme, a manosearme. Pomelito va a cumplir lo pactado, pienso y yo me dejo pensando, este será el primero que oficialmente me coja en Bs As. Yo quería que fuera uno de los tres millones de tipos buenos que he visto en la calle, en el subte o en los colectivos, pero Pomelito se ganó la quiniela de tenerme!

Mientras pienso esto, Pomelito me ha desnudado y a él también dejándome ver un ombligo salido como de un niño pobre de Camerún. A Pomelito se le salió el ombligo de tanto comer pienso y mis pensamientos son interrumpidos por un voraz alienígena que se quiere devorar mi pecho. Para ponerme a tono, yo gimo como una puta dominicana como la negra que encontré el otro día en Florida y Lavalle y me ofrecía sus servicios por 200 pesos. Pobre, esa venta nació muerta conmigo. Pero me imagino cómo gemiría ella y yo gimo. Ahhh, uhhhhh, ohhhh...y Pomelito se ha convertido en Pomelote. Tarzán subdesarrollado y poca cosa que no consigue lograr una erección digna mientras yo, convertido en una meretriz caribeña grito y me asombro de lo ridículamente histriónico que puedo llegar a ser.

Pasado un rato y para darle la estocada final, decido acabar para terminar con esta payasada. Luego de la cumbre, nos vestimos como si fuéramos tarde para una cita en un tribunal, bajamos el ascensor ya sin babas y cruzando algunas palabras amables, pero vacías, salimos un día, yo te escribo, ahi nos vemos, bla bla bla...

Con otro beso como el de la entrada y un hasta pronto, Pomelito se despide de mi, llevándose mi dignidad y dejándome el horto más mojado que una ballena en Puerto Madryn mientras yo comienzo mi recorrido de regreso a casa de donde no debí haber salido.

Friday, May 22, 2009

Perfil de una Prostituta Vampiro (Perfil psicográfico)

Prostituta Vampiro
426 años 1,75 Blanca Ojos azules Pelo largo Nariz perfilada

Yo recorro las calles de Buenos Aires desde 1930, cuando llegué en un barco, huyendo del poderío nazi que sumergía a Europa en una oleada antisemita y que había hecho que los clientes que conseguía en las calles de Munich escasearan. Yo me alimento de sangre, pero necesito dinero para vivir así que me prostituyo desde 1846, cuando gasté los últimos peniques que tenía fruto de la herencia que me había dejado Steve Willcot, un rico comerciante inglés de Yorcestershire, que me dejó una fortuna, a cambio de su mortalidad y mi cuerpo, al cual yo, en un momento de interesado maternalismo acepté convirtiéndome en Mrs. Willcot, una dama de alta sociedad con gustos góticos.

Junto a Steve viví momentos inolvidables. El disfrutaba de mi cuerpo y yo de su dinero y de sus empleados, que él traía a casa para que yo devorara gota a gota. Mmm, como olvidar el sabor de la sangre en Yorcestershire…

Años después, Steve murió y la comunidad, enardecida por años de alimentarme, me expulsó de la campiña; así fue como emigré a Madrid, luego a Berlín y finalmente a Munich, en donde, a falta de dinero, ejercí la prostitución como única fuente de ingreso.

Fueron años felices. Yo recorría las calles de Munich en busca de hombres sedientos del amor de una mujer y que estaban dispuestos a que yo les diera una pequeña mordidita y les cobrara una ínfima cantidad a cambio de mi cuerpo.

Hasta que los nazis llegaron. Con tan mala suerte que me encontraron justo en el momento en que le hacia una apasionada fellatio a un cliente judío y me enviaron al guetto de Dummheit a las afueras de Munich, de donde pude escapar, no sin antes aprovisionarme de alimento, devorando a dos guardias y un oficial que esperaban ansiosos el tren que se desharía de nosotros en alguna cámara de gas.

Finalmente, y tras seducir a Wolfgang, el director de la oficina de permisos de salida de Alemania, logré tomar un barco procedente de Bremerhaven y que se dirigía a Buenos Aires, la capital de un país suramericano que había crecido en población europea y que ofrecía condiciones aceptables de vida.

En el barco, intenté portarme bien sólo alimentándome de algunos de los animales que llevaban en bodega por miedo a que fuera descubierta y me arrojaran al mar. Es cierto que los vampiros podemos volar tras tomar forma de murciélago, pero estaba a cientos de kilómetros de tierra firme y no quería exponerme a una muerte ahogada, por inanición y mucho menos incinerada por la luz del sol.

Luego de 63 días de viaje interminable, arribamos al puerto de Buenos Aires, una ciudad que crecía entre el bullicio suramericano y la inmigración europea a la cual yo pertenecía y que llegaba entre una maraña de aristócratas, obreros, sastres, artistas y prostitutas que huían de la hecatombe nacional socialista.

Luego de instalarme en un pequeño conventillo de la calle San Martin, que recordaba a un prócer patrio, lloré a mares por verme abandonada en el último rincón del mundo, sola, pobre, sin amigos, sin apoyo otro que el de mi leyenda personal que hacía que ingiriera varios litros de sangre por día para mantenerme bien en una vida que deseaba, hacía más de dos siglos, que acabara.