
Con el tiempo comienzas a darte cuenta de que poder terminar una relación parece ser más drama que realidad y que deberías postularte a los Óscares por Drama Queen o a los Razzy por patetismo puro, pero igual no es fácil descubrir que tener la libertad absoluta de hacer lo que te venga en gana con tu vida asusta tanto como mantener las cadenas que alguna vez te ataron. Ahora pienso que fui por años como Ann Darrow que se enamoró de KingKong aunque el resto del planeta lo bombardeara y quisiera matarlo porque sabía que la pobre Ann se lo estaba pasando remal, pero ella, bruta y enamorada, no lo entendía, aunque KingKong hubiera estado a punto de comérsela en una ceremonia vudú en su honor y la zarandeara, la trepara en lo alto del Empire Estate sin importarle que ella le tuviera miedo a las alturas y arriesgara la vida de Ann por egoísmo, o protagonismo. Él, KingKong, necesitaba una carnada para ser famoso y conseguir sus objetivos y ella, al igual que yo, fuimos fáciles, demostrando que lo que sucede en el cine, pasa en la vida real también.
Ya hace cuatro meses no lo veo y hace más de dos semanas no hablo con él. La última vez, creo que fue la última. Como cuando barres salvajemente tu casa y cuando terminas descubres que una mota de polvo ha quedado en el suelo, justo al lado del armario y te mira burlándose de ti de manera socarrona e impúdica. Así fue esa llamada, como irte lanza en ristre con un tanque de guerra solo para limpiar la puta mota que te jode el trabajo que has venido haciendo bien hecho.
Estoy en el proceso de aprender de nuevo, de descubrirme de nuevo. En el proceso de entender que soy un ente único, un planeta más del sistema solar, con otros planetas alrededor, pero independiente. No sé a dónde me llevará esto, si al lugar soñado o a la casa de la bruja de Hansel y Grethel y por antojado terminaré encerrado en el horno y con una manzana en la boca.
Ya iremos viendo qué va pasando, por lo pronto, se siente fantástica y asustadoramente deliciosa esta sensación de poder decir: “estoy soltero” J aunque no tenga con quién arruncharme y hacer cucharita un domingo por la tarde y me toque conformarme viendo Rebecca de Alfred Hitchcock y comiendo fresas con chocolate solito, como Ann sin KingKong, pero liberado al fin.