Otra vez la misma mierda. Hace tanto que no lo hago que ahora se vuelve a ver extraña la sangre en mis manos. Al principio me asustaba mucho, pero ahora se ve tan natural. Ni el olor me desagrada. Me recuerda al sitio donde mi mamá compraba la carne para la semana. Ya ni siquiera me preocupan mis culpas. Todas se fueron enredadas entre el pelo del policía cuando el golpe seco contra el muro celeste al fin abrió su cráneo.
Se ve tan insignificante ahí tirado. Gutiérrez dice su placa. Policía puto. Pensó que podía venir con su uniforme azul planchadito a mi casa con la excusa de hacer unas preguntas de la municipalidad y convencerme para que me lo cogiera. Qué pelotudo!
No más. No quiero más muertos en mi vida. Estoy cansado de la sangre, de los ojos entreabiertos, pegados por las lágrimas que juntadas se vuelven mocos; de los dientes partidos, de las orejas con hilos de sangre seca. Estoy cansado de los tapetes manchados, de las moscas merodeando, de los pelos que quedan regados por ahí con una que otra gota de sangre dura. Y las miradas aterradas cuando me acerco con un cuchillo, un martillo, con un picahielo; esas no me cansan, esas me recalientan. ¿Por qué no son capaces de tener un poco de dignidad al momento de morir?
Por qué no entienden que ya no quiero ser taxi? Ya no quiero coger por dinero. Ya no quiero tener que sacarles plata y matarlos por el asco que me produce estar con otros hombres. Las mujeres me dan asco también. Desde la vez que mi mamá se hizo la estúpida luego de ver cómo mi papá me cogía en ese paseo a Entre Ríos, dejándome el orto ensangrentado y la vida hecha mierda.
Se han pasado rápido estos 14 años. También pasaron siete hombres y una mujer que creyó que pagándome me la iba a coger como los dioses. Esa malparida es la que menos remordimiento me da. Usaba el mismo perfume de mi madre. Perras las dos; malditas hijas de puta, que se pudran en el infierno todos. Quiero ser inocente. Quiero ir a San Telmo y comer churros y ser feliz como los turistas que veo pasar. Pero no. Ahora tengo que limpiar toda esta mierda que ha dejado el policía puto porque después de morir se ha cagado. Cómo me molestan los que se cagan como el escritor ese, el maricotas que me levantó una noche en Contramano y que insistía en llamarme Yesica. Ese maraca se orinó cuando le di el primer golpe con la lámpara que tenía en su living. Jajaja, no puedo evitar reirme cuando sus pedos anunciaron una monumental cagada. Qué irónico; terminar su vida cagando! Si al menos me hubiera cogido.
Pero, de vuelta a la rutina. Cortar los brazos, partir las rodillas para separar las piernas, un golpe seco a la columna para cortar el tronco y la cabeza. Esa es la que más me gusta cortar. Una vez que no hay cabeza, es como una gallina; si no le ves la cara, es más fácil comérsela. Luego, ácido sulfúrico comprado en tres ferreterías de diferentes sitios de Capital. Bah! Otra tarde perdida, cuando podía salir por ahí a caminar. Hace una tarde linda para un porro en los Bosques de Palermo.
Tengo que pagar las expensas. Ya me ha tocado tres veces el encargado esta semana. Debí haberme cogido al milico puto. Pero, ¿para qué? Este pensaba que me iba a coger gratis porque en la billetera solo tiene 33 pesos. Su esposa y sus niñas se ven dulces. Bonito vestido el de la más chica. Necesito recoger el desastre y deshacerme de este. Ojalá alcance a ir al cine al final de la tarde.
Un año sin amor
13 years ago