Tic. Tac.
Tic. Tac.
Los segundos pasan lentamente en la sala de espera mientras Pablo, al otro lado de la puerta se debate entre la vida y la muerte. Miro mi pantalón y su sangre ya seca, parece una gran mancha pop que invade la prenda de manera warholiana. No, Claudio, no pienses estupideces, Pablo se está muriendo desangrado por culpa de un reloj y eres tan cínico de pensar en arte donde solo queda el recuerdo de la tragedia.
Sorbo mis mocos y recapacito que mi rostro está frío por las lágrimas que se han secado dejando un camino visible entre mis ojos y alguna parte de mi cuello.
No debí haberle insistido en que quería conocer La Salada. Él me lo había advertido, era peligroso, pero mi infantil ansiedad por vivir aventuras inútiles estaban a punto de cortar el hilo de plata que unía su cuerpo al plano espiritual dejándolo para siempre perdido en el mundo de las almas y a mí, sintiéndome solo, miserable y culpable por haberle pedido que me llevara a ese sitio únicamente por satisfacer mi morbosa necesidad de saberlo todo.
Son las once cero nueve. Hace…exactamente…dos horas…treinta y nueve minutos Pablo estaba bien, sonriente y diciéndome que me había dado gusto. Que me había llevado a ese lugar peligroso solo para complacerme, y al yo preguntarle la hora, me dijo las ocho y treinta con su sonrisa de niño inocente y encantador que me derretía como a un chocolate en el bolsillo izquierdo de mi pantalón.
Unos segundos después, no sé cuantos, tres, cinco, pasó todo. Un hombre saltó de entre las carpas de ropa vieja, utensilios baratos y comidas extrañas y con cara seria, voz ronca y mal olor, le pidió el reloj a Pablo. Yo en un arranque de inmoral valentía le grité a aquel hombre que se largara, que Claudio no le iba a entregar el reloj y vi cómo, al levantar su camisa, un resplandor metálico, brillante y aterrador iba a ser descargado en mí con una furia socialista que transportaría a los recodos de la muerte.
Sentí como su furia arremetió contra mí y por instantes sentí que la vida se me iba, pero no lo suficiente para darme cuenta que a quien había realmente apuñalado era a Claudio que se había interpuesto entre el hombre y yo.
Gritos, curiosos, silencio, desorden. El hombre había desaparecido y Pablo ahora en mis brazos caía lentamente al piso con una herida del tamaño de mi mano en su vientre. Sentí la carne abierta cuando puse mi mano y su sangre oscura, que inundando a borbotones mis manos, se colaba entre mis dedos, caliente y espesa como una sopa y escurría ferozmente entre su ropa y mi piel, quemándome con la aterradora seguridad de que se estaba muriendo por culpa mía.
Lloró. Y siento el ardor en mis ojos. Las lágrimas solo escurren ahora en el alma. La puerta se abre, la enfermera se acerca. Pablo ha muerto. Y yo, con él.
Un año sin amor
13 years ago